Precampañas que en realidad son campañas

23 de Enero de 2018

Edgar Cortez

“¿Cómo nos hacemos cargo de esta democracia de tan baja calidad y de tan alto costo?“

En México llevamos poco más de cuarenta años construyendo nuestro sistema electoral. Arrancamos en 1977 al pasar del partido hegemónico que era el PRI al reconocimiento de distintos partidos. Luego en 1990, a consecuencia de la caída del sistema en el 88, se creó el Instituto Federal Electoral, hasta hacer de éste una institución autónoma.

Cada una de las reformas electorales realizadas en estos años ha estado precedida de un problema o de la detección de una deficiencia.

En 2007 se regularon las precampañas como procedimientos de competencia al interior de los partidos para elegir sus candidatos. En esa misma reforma se acordó acortar las campañas electorales a un máximo de 90 días.

Esta modificación, hoy nos tiene frente al absurdo de unas precampañas que en realidad son campañas extendidas. En la actualidad los partidos políticos se han agrupado en tres coaliciones y cada una de ellas tiene un candidato único.

Andrés Manuel López Obrador es el candidato de Morena, Partido del Trabajo (PT) y Partido Encuentro Social (PES). A José Antonio Meade lo postulan el Partido Revolucionario Institucional (PRI), Partido Verde (PV) y Nueva Alianza  (NA). Mientras que Ricardo Anaya es la propuesta del Partido Acción Nacional (PAN), Partido de la Revolución Nacional (PRD) y Movimiento Ciudadano (MC).

Cada uno de ellos es candidato único y no compite contra nadie en su partido y tampoco en la alianza formada a su alrededor. ¿Entonces qué sentido tiene la precampaña?

En mi opinión, las actuales precampañas no tiene sentido alguno y el propósito de que las campañas políticas fueran más concisas, eficientes y nuestros procesos electorales menos costosos, quedaron en el olvido.

A lo largo de estas cuatro décadas las diversas reformas han instaurado un sistema electoral sobre regulado y barroco, que no resuelve los problemas y termina siendo sumamente burocrático y enormemente costoso.

Como ciudadano no me siento más a gusto, ni más confiado en que tendremos un proceso electoral de mayor calidad. Estoy seguro que no vamos  a escuchar mejores propuestas sino una avalancha de lugares comunes y ocurrencias vanas y poco viables.

Desde esta insatisfacción me pregunto: ¿cómo nos hacemos cargo de esta democracia de tan baja calidad y de tan alto costo?