Inhumanidad

07 de Mayo de 2018

Edgar Cortez

Lo sucedido con los tres jóvenes estudiantes de cine en Jalisco -detenidos, desaparecidos y disueltos en ácido-, muestra  los niveles de deshumanización y barbarie en que está sumido el país.

El pasado 19 de marzo los tres estudiantes, Salomón Aceves, Marco García y Daniel Díaz, fueron desaparecidos y sólo 34 días después tuvimos una versión oficial de lo sucedido.  

De acuerdo con la  Fiscalía General de Justicia de Jalisco los jóvenes fueron desaparecidos por miembros del Cartel Jalisco Nueva Generación, para luego ser asesinados y sus cuerpos disueltos en ácido. Esta fue la versión presentada en conferencia de prensa el lunes 23 de abril.

Esta versión oficial enfrenta varios cuestionamientos. El primero tiene que ver con los derechos de las víctimas, pues no queda claro que las familias de los tres desaparecidos hayan sido informadas de manera adecuada sobre lo que había sucedido con sus hijos. Al grado que en un momento dado apareció una supuesta abogada de las familias que en realidad no lo era y más bien resultó funcionaría del gobierno de Jalisco.

La Fiscalía de estado, como la mayoría de las fiscalías y procuradurías del país, sigue considerando que las víctimas no importan y sus derechos tampoco, por tanto con una llamada impersonal y descuidada creen que basta. Por supuesto que no.

Las víctimas y sus derechos tienen que ser centrales y eso significa informarles de manera personal, detallada y respondiendo a cualquier duda, además de asegurarles los apoyos psicológicos que se puedan requerir.

Un segundo cuestionamiento tiene que ver con la certeza respecto de la suerte de los jóvenes. Como sustento de la hipótesis de la Fiscalía se dice que se encontraron manchas de sangre de los estudiantes, sin embargo no hay una evidencia conclusiva sobre que fueron asesinados y disueltos en ácido. Quedan muchas preguntas que deben ser despejadas. Aceptando que la sangre sea de alguna de las víctimas, eso no es conclusivo de que estén muertos, podría ser que sólo fueron lesionados y pudieran seguir vivos.

La prueba pericial es importante, pero su relevancia se entiende cuando la ciencia forense aporta para una explicación creíble sobre qué fue lo que pasó. El trabajo científico también debe dialogar y explicar a las víctimas el sentido y aporte de su trabajo. Sin embargo, en México los peritos forenses jamás dialogan con las víctimas y por tanto no existe una base mínima de confianza.

Además en muchos casos el trabajo forense ha servido para justificar las llamadas “verdades históricas”.

Este caso, como en su momento Ayotzinapa, pone de manifiesto que la ciudadanía no confía en las instituciones y éstas siguen sin entender que las víctimas no son un mal necesario sino un actor fundamental al que debe responder cualquier institución de seguridad y de justicia.

Para eso no basta modificar leyes sino crear un nuevo espíritu y cultura entre los operadores de la seguridad y de las instituciones de justicia.


@edgarcortezm

Foto de portada: Ievenn.